Vivimos rodeados de mensajes que prometen una especie de fórmula para la vida. Nos dicen que si eres auténtico atraerás a las personas adecuadas, las oportunidades adecuadas y las circunstancias adecuadas. Que todo llegará como consecuencia natural de ser tú mismo.
Pero hay algo incoherente en esa idea:
Atraer es una estrategia.
Ser auténtico no.
La diferencia es importante porque muchas personas terminan frustrándose cuando descubren que mostrarse tal como son no provoca inmediatamente el reconocimiento, la conexión o las oportunidades que esperaban.
Entonces aparecen las dudas.
«Si soy auténtico y hago lo que amo,
¿por qué no me ven?»
Quizá porque la autenticidad nunca tuvo como función «funcionar». No vas a brillar, no vas a atraer…
La idea de atraer suele esconder una visión engañosa «tipo publicitaria» de cómo funcionan las relaciones. A veces se dice que atraemos personas enfadadas, personas negativas o personas conflictivas. Pero en realidad…
…no las atraemos.
Simplemente existen.
Y no hay nada malo en que existan.
Las personas enfadadas forman parte del mundo igual que las personas alegres. Las personas inseguras existen igual que las personas seguras. Las personas difíciles existen igual que las personas fáciles. Y todas esas emociones y personas son valiosas por su simple existencia.

No somos imanes humanos que organizan la realidad a nuestro alrededor.
Somos personas compartiendo un espacio común con millones de otras personas que tienen historias, y universos propias.
Pensar que todo lo que aparece en nuestra vida es algo que hemos atraído puede hacernos olvidar algo esencial: el mundo no gira alrededor de nosotros, «no es un reflejo de ti, es un reflejo de todos».
Y eso no es una mala noticia.
Es una liberación.
Porque significa que no tenemos que cargar con la responsabilidad imposible de controlar cada encuentro, cada oportunidad o cada resultado.
También existen «las redes».
Cuando una persona siente que no está siendo vista, suele pensar que el problema está en ella.
Que no gusta.
Que no tiene suficiente talento.
Que no es interesante.
Que debería cambiar.
Pero vivimos en una época donde gran parte de la atención está mediada por sistemas diseñados precisamente para atraer atención.
Los publicistas llevan décadas perfeccionando el arte de capturar miradas.
Las plataformas digitales compiten por segundos de atención.
Los algoritmos eligen por ti, constantemente, qué aparece y qué desaparece de tu campo visual.
En un entorno así, muchas veces no te ignoran porque no gustes.
Simplemente NO TE VEN.
Y no te ven porque el sistema produce más dustorsión del que cualquier persona puede escuchar. La buena noticia es que tú puedes cambiarlo. Empezando por ser tú el que no consuma cualquier cosa.
Si no lo consumen, deja de existir.
Si no existe, ya no es un problema.
La historia está llena de ejemplos que muestran que ser valioso y ser reconocido no son la misma cosa. Hay muchos ejemplos de personas que apenas fueron apreciadas durante su vida, no contribuyamos a que pase más.
Del mismo modo, tampoco es cierto que la mayoría tenga siempre razón.
La historia ofrece suficientes ejemplos de momentos en los que grandes mayorías respaldaron decisiones que terminaron generando sufrimiento, exclusión….
Durante siglos se utilizó la opinión mayoritaria como justificación para defender ideas que hoy consideramos profundamente injustas.
Por eso, es interesante recordar que el aplauso nunca fue la medida definitiva del valor.
En su libro El Elemento, Ken Robinson defiende que cada persona posee talentos naturales que salen a la luz cuando encuentra aquello que ama hacer y al deducarle tiempo desarrolla una capacidad especial.
Cuando desarrollas tus talentos naturales, dejas de preguntarte «¿Qué me aporta el mundo?» y empiezas a concentrarte en «¿qué tengo yo para el mundo?», en crecer, aprender y crear.
Y entonces algo cambia porque al final, el propósito de una semilla no es atraer miradas rápido, es crecer.
Y el propósito de una persona no es convertirse en un imán.
Es convertirse plenamente en quien:
Solo TÚ puedes ser.
Tú la llevas 🐋

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